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Susan Crowley

07/09/2024 - 12:03 am

Aprendamos de Viena

“La Viena imperial, la vieja emperatriz, a pesar de su caída se sostiene como la sabia de la que todos deberíamos aprender”.

Las potencias de la historia han concentrado su poder en urbes que emblematizan su grandeza. Como la vieja Viena, hoy, Nueva York, París, Londres, son la manifestación del surgimiento, el esplendor y la lucha por soportar los embates que profetizan su caída. Ahí se vive el poder de sus gobiernos, la ciencia, la filosofía, el arte y sus más valiosas representaciones; pero también es ahí donde se abren las grietas que las vuelven vulnerables. El péndulo de la historia no miente respecto a este ciclo inexorable.

Ante la inminente destrucción, las metrópolis, como aquella de Fritz Lang, sueltan el freno de la normalidad y trastocan los códigos. Se abren a la desmesura y fácilmente se convierten en víctimas de los excesos. Paraísos e infiernos se vuelven sus habitantes comunes. La mejor cara y la peor cerrazón. Incluyentes, por un lado, intolerantes por otro.

Izquierda extrema y derecha conservadora se enfrentaron en Viena apenas corría la primera década del siglo XX. La violencia no se hizo esperar. Por las noches los cabarés y teatros se llenaron de espectáculos trasgresores, la urbe se dejó seducir por lo queer, por el sexo y la depravación que cantaba al ritmo sincopado de la dodecafonía de la Segunda Escuela Vienesa de Schönberg, Berg y Webern. Cada noche era la última noche.

Viena se mecía entre los valses de Strauss y la represión que ejercía en media Europa. El Imperio dominaba a millones de habitantes, distintas razas, lenguas que se cruzaban, nacionalismos que fueron reprimidos; una Babel de sueños y rabia contenida. Dos millones de habitantes en la metrópoli, a la cabeza de un imperio de 56. Ni su monarquía, ni su aristocracia o su creciente burguesía; ni los intelectuales, filósofos, artistas y todos sus anhelos, fueron capaces de detener la debacle. Frente a Prusia que prohijó una Alemania robusta y unida con la fuerza industrial y militar, en competencia con Francia e Inglaterra, seducidas por la idea del futuro y la máquina, Austria Hungría declinó sus aspiraciones progresistas. Viena iniciaba el siglo con festejos que, más que una celebración, parecían ironizar una eminente caída.

El inicio de la Primera Guerra Mundial y la muerte del emperador, dos años después, fueron el golpe de gracia. Desastre, pobreza, disolución y, posteriormente, su irremediable anexión a la Alemania nazi con un entusiasmo indescriptible por Hitler.

La caída del imperio es un desplome que ataca desde varios flancos. En la política, el resentimiento social impulsó una izquierda que muy pronto se radicalizó. En el seno de una sociedad antisemita, surge el sionismo. Apenas terminada la guerra, en medio del hambre y el desempleo, las calles destruidas rebosaron de manifestantes. Los gremios de trabajadores liderados por jóvenes poetas, artistas y filósofos fascinados por Marx peleaban por los derechos de los obreros y en contra de la burguesía enriquecida. Fueron perseguidos y asesinados, la intención era exterminarlos. Cada muerto fue la semilla del nacional socialismo.

La sociedad se polarizó y la producción se desplomó. Ya nadie tenía que perder. Sin moneda circulante, se incrementó el intercambio de productos que sostuvieron la precaria economía. Los gremios resurgieron como una reminiscencia medieval. Extraño momento de esplendor colectivo que no resistió ante el embate de las leyes del mercado. La pobreza se extremó.

Pero el derrumbe más doloroso fue sin duda el de la cultura. Lejos de ser un lujo, era el verdadero sostén de Viena. Como lo es para Nueva York o París hoy en día. Nunca, como lo dijo Robert Musil en su memorable El Hombre sin atributos, la cultura había tocado niveles tan elevados. La “vieja emperatriz” de todos los imperios, como también se le nombraba burlonamente, vivió un esplendor nunca visto. La caída por lo tanto fue más dolorosa.

Pensadores como Ludwig Wittgenstein y Karl Popper, que participaron en la formación del Círculo de Viena. Los métodos clínicos para tratar las patologías con Sigmund Freud a la cabeza. El concepto de “arte total” con el movimiento de la Secessión vienesa, el cambio radical de la modernidad que se volvió precursor en el mundo. Gustav Klimt, Kolomar Moser, los arquitectos Joseph Olbrich y el genial Otto Wagner quienes modificaron la idea de una Viena historicista y anquilosada y renovaron el lenguaje visual. En el diseño de muebles y decorados, propuestas vanguardistas, el arte ligado a la vida. Atmósferas de líneas puras y sin excesos, la vieja Viena contagiaba a las naciones con su estilo “internacional”. Nadie estaba ajeno al poder de su estética.

Los artistas, independientes eternos, Egon Schiele y Oskar Kokoschka marcaron con su loca impronta a toda las sociedad. Trasgresores que impusieron un lenguaje, la vida y la muerte con la misma intensidad. Que se rieron de las imposiciones vienesas y sus juicios de valor. Su estilo, juzgado como pornográfico por las timoratas autoridades, abrió las puertas a una mirada desnuda a la fragilidad humana. Genios a pesar de ellos mismos, de sus fisuras espirituales o tal vez gracias a ellas.

Pero quizá la más profunda y trascendente de todas las expresiones artísticas de Viena, haya sido la música. Cuna de los grandes como Haydn, Mozart, Schubert y Bruckner, también fue el sitio al que todos llegaron: Beethoven, Brahms, se establecieron en Viena y ahí crearon sus más grandes obras haciendo de esta ciudad el centro del conocimiento y también la prisión que los encadenó a las más torturantes descalificaciones de la Academia. Una de sus víctimas fue el compositor Hans Rott, que solo logró componer una sinfonía, de las más bellas del romanticismo, antes de volverse loco. Se dice que, gracias al rechazo y maltrato de Brahms, lo cierto es que se suicidó a los 25 años.

El más grande compositor del siglo XX y uno de los mejores de todos los tiempos, Gustav Mahler, también padeció a Viena. A pesar de su genialidad, tuvo que lidiar con la eterna reprobación de profesores y autoridades musicales. Mediocres burócratas que no impidieron que llegara a director de la ópera estatal. Su gestión fue infernal gracias a ellos. Cuando por fin declinó a su puesto como director de la ópera, la ciudad completa lloró su partida. La salida de Mahler fue considerada por muchos, la muerte de la metrópoli. Klimt lo redujo a una frase lamentable: “Bueno, se acabó”. Mahler expresó que por su rígida estructura: “cuando llegue el fin del mundo quiero estar en Viena, porque allí todo llega 25 años más tarde”. Karl Kraus, el sarcástico crítico literario se refirió a Viena como la “etapa experimental para el hundimiento del género humano”.

Las grandes urbes concentran unas y otras pulsiones. También son los sitios en los que la visión de futuro se aferra a la cultura y el arte como medio de salvación. Desde el auge vienés no había existido un ecosistema tan propicio para su florecimiento. Pero es un auge que parecería vaticinar la catástrofe, como si en su esplendor llevase las semillas de su decadencia. Nueva York, París, Londres, son urbes donde la belleza pareciera el último estertor que anuncia tiempos no tan buenos.

La Viena imperial, la vieja emperatriz, a pesar de su caída se sostiene como la sabia de la que todos deberíamos aprender. Y, sin embargo, hay esperanza, hoy es considerada la urbe más atractiva para vivir del mundo, según especialistas y organismos internacionales. Parecería que todo el esplendor cultural de su pasado invernó durante los años oscuros, para resurgir un siglo más tarde. Habría que confiar en el poder de la cultura.

@Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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