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Darío Ramírez

06/11/2014 - 12:00 am

Administrar el silencio

La desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas es la crisis más grave en materia de derechos humanos que ha enfrentado la actual administración, sin duda. Si aceptamos esto como cierto, entonces, resalta mucho el hecho de que Enrique Peña Nieto le ha hablado a la nación un total de 16 minutos. Lee usted bien, solamente […]

La desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas es la crisis más grave en materia de derechos humanos que ha enfrentado la actual administración, sin duda. Si aceptamos esto como cierto, entonces, resalta mucho el hecho de que Enrique Peña Nieto le ha hablado a la nación un total de 16 minutos. Lee usted bien, solamente esa pírrica cantidad de minutos ha usado el primer mandatario para dar mensajes a la nación. Resulta incoherente que ante la mayor crisis el Presidente se esconda detrás de un parco Procurador y dos docenas de boletines oficiales que no dicen mucho.

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El silencio presidencial tiene un objetivo. Se antoja pensar que el gobierno federal tiene completo control de los dichos, silencios, discursos y apariciones para ir administrando la crisis. Puede parecer aventurado, pero si afirmamos que es la mayor crisis de derechos humanos, si la prensa internacional ha sido dura en la crítica y las marchas de la sociedad para demandar justicia han sido constantes, entonces, porqué el sistema está intacto. Porqué no estamos al borde de un estallido y por el contrario se ve en el horizonte solamente un problema por administrar.

Aventurado sería pensar, como lo afirmó recientemente la afamada publicación New Yorker que la crisis de los 43 desaparecidos puede generar vientos de cambio o revolución. Yo simplemente veo el sistema intacto y en pleno control de la supuesta crisis. No se avizora ninguna revolución ni cambios serios al sistema político que tenemos el cual le da pie a tan rampante y lacerante corrupción. Me atrevo a afirmar que la definición de “mayor crisis” tiene otra acepción para esta administración.

El frondoso sistema de boletines oficiales aparca la crítica sobre la desinformación que busca generar el gobierno. El tema no es el número de boletines sino qué se dice en los boletines, porque el contenido –sabemos- será robóticamente reproducido en aquellos voluntariosos medios de comunicación. El control de la información es crucial para modular la crisis. De ahí lo nocivo de la reproducción en los principales periódicos de los dichos gubernamentales. Sin contraste, sin investigación ni cuestionamiento tendemos a tragarnos como verdad absoluta lo que dicen los funcionarios, solamente por ser funcionarios. Por ejemplo, se dice que el despliegue de funcionarios federales en Guerrero es el más grande que se haya visto. Esas podrían ser buenas noticias, ahora, lo verdaderamente relevante es: ¿Y para qué? ¿qué hacen? Etcétera. Otro ejemplo, cita Murillo Karam a conferencia de prensa para dar detalles de la detención de los Abarca. Lee solemnemente su comunicado, no acepta preguntas de la prensa y se va. Es ridícula esa costumbre de citar a conferencia de prensa y no aceptar preguntas, pero además, la conferencia de prensa no aporta nada sobre el paradero de los 43 normalistas y la prensa se va con el triunfo de las fuerzas federales de atrapar a las personas más buscadas en todo México. Uno esperaría que después de interrogar al exalcalde y su mujer por 12 horas, habría información valiosa sobre los normalistas. Los medios no demandan vehementemente más información y al final son los dichos y la administración de la información la que inunda a las audiencias.

La pregunta toral, entonces, debería ser: ¿tenemos como sociedad toda la información que necesitamos sobre los acontecimientos que involucran a los 43 normalistas desaparecidos forzadamente?

Me temo que el problema informativo que nos enfrentamos no es uno de escasez de información. Por ejemplo, del 1 de octubre al 3 de noviembre ha habido un total de 134 primeras planas en los diarios de mayor circulación en el DF que han hablado sobre Ayotzinapa. No recuerdo una crisis tan prolongada que haya tenido como consecuencia tanas primeras planas. El diario La Jornada, por ejemplo, ha llevado por más de 30 días el tema de Ayotzinapa en su primera plan, es el diario que mayor cobertura le ha dado. Es interesante ver cómo dicho diario es el que mayor voz le ha dado a las víctimas, el 24% de su cobertura se basa en los familiares. Contrasta fuertemente con Excélsior cuya cobertura de las víctimas es el 1%, el 3% de Reforma y el 25% de El Universal.

Retomando la cultura de la reproducción en automático de los boletines oficiales en los medios, es interesante ver cómo los dichos de alguna autoridad son la principal fuente de la mayoría de los diarios, para La Jornada consta de un 24%, Excélsior 19%, Reforma 40% y El Universal 38%.

Un último indicador revelador es que a pesar de los pocos minutos de Peña Nieto hablando sobre Ayotzinapa, es una fuente importante para muchos periódicos. En 27 días de cobertura, el 76% de la cobertura de Excélsior se basan en citar a Peña Nieto, mientras que Reforma es el 10%, El Universal el 16% y La Jornada el 3%.

 

Las redes sociales como Facebook y Twitter arden de rabia y críticas contra el gobierno. El activismo del retuit o el posteo-activista desborda las redes. Y qué bueno. Pero lo que hace algunos días se preguntaba Salvador Camarena era que mientras esto sucede en las redes, qué está pasando en el prime time que es lo que consume la mayor audiencia. Muchos se sorprenderían, pero el noticiero de López Doriga ha llevado durante 25 días notas sobre Ayotzinapa y los 43 normalistas. Esa cantidad de notas no reflejan un deliberado esfuerzo por esconder la crisis.

Lo que podemos concluir de los datos anteriores es que información sobre Ayotzinapa y los normalistas hay, así lo dictan los números. El tipo de información y la línea editorial de cada medio es otro tema, pero el punto central es que no hay una fuerza oscura que está intentando esconder el serio tema que tiene en vilo a la sociedad nacional e internacional.

Pero como siempre, el análisis del flujo de la información debe de ser más pausado y profundo porque es a través de la información como se administra una crisis. La periodista Tracy Wilkinson, ganadora del Moors Cabot, recientemente en su discurso de aceptación del premio contó que recientemente en una reunión con el vocero presidencial un corresponsal le preguntó: ¿Porqué llaman a conferencias de prensa en dónde no podemos hacer preguntas y solamente leen los boletines oficiales? a lo que el vocero le contestó con sorprendente candidez: “bueno, es que si les dejamos hacer preguntas entonces comenzarán a hablar de lo que no queremos que hablen”.

Y ahí está el tema central. ¿Qué información no tenemos a la mano que es la información que el gobierno no quiere que se hable?. 

Darío Ramírez
Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana y Maestría en Derecho Internacional Público Internacional por la Universidad de Ámsterdam; es autor de numerosos artículos en materia de libertad de expresión, acceso a la información, medios de comunicación y derechos humanos. Ha publicado en El Universal, Emeequis y Gatopardo, entre otros lugares. Es profesor de periodismo. Trabajó en la Oficina del Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR), en El Salvador, Honduras, Cuba, Belice, República Democrática del Congo y Angola dónde realizó trabajo humanitario, y fue el director de la organización Artículo 19.

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