El Frankenstein corporativo contra el mundo

20/12/2016 - 12:00 am
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La resistencia se da a todos niveles y en el caso de los Estados Unidos hasta en las bandas escolares de Washington, D.C. que se niegan a participar en la toma de poder de Trump. Foto: AP

A fines de los años 70, cuando desde la Universidad, estudiando sociología, comenzamos a advertir que el tipo de “desarrollo” que se imponía en el mundo llevaría a una crisis ecológica planetaria que afectaría las perspectivas de vida de una gran parte de la humanidad, era común ser juzgados por la izquierda como “pequeños burgueses”, y por la derecha, como hippies que deseábamos volver al pasado. La preocupación no quedaba ahí, la destrucción del entorno planetario y la creciente desigualdad nos llevaron a cuestionar la ideología imperante del progreso, una visión compartida tanto por la izquierda como por la derecha.

La humanidad había dejado de tener un Dios o una cosmovisión sagrada que explicara la existencia, la idea del Progreso era lo que justificaba y explicaba el devenir, la historia, era la cosmovisión imperante. Fueron las preguntas que nos hicimos en nuestros estudios de doctorado en filosofía: de dónde venía esta idea del Progreso y qué función desempeñaba.

Bury y Nisbet, dos grandes estudiosos de esta idea lo dejaban claro: la idea del Progreso era y es una idea que tiene sustento sólo en la Fe. Pero la idea del Progreso sirvió y sirve aún, en muchos casos, para impulsar nuevas tecnologías, nuevos productos, nuevas necesidades, sin evaluar sus impactos en el medio ambiente y el bienestar físico y emocional de las personas. El progreso todo lo justifica. La historia lo demostraba, si Dios justificaba las conquistas y genocidios, el Progreso justificaría actos similares, antes a nombre de Dios, ahora a nombre del Progreso. Ahora a todo se le llama un avance, pero: ¿un avance hacia dónde?, ¿un avance para quién y a costa de quién y qué?

En poco tiempo, muy poco tiempo, en lo que es solamente un segundo en la existencia de la humanidad en este planeta, entre fines de los 70 y nuestros días, hemos visto la desaparición acelerada y masiva de especies, la contaminación de la mayor parte de los cuerpos de agua dulce, la desaparición de un gran porcentaje de los bosques y selvas, de los manglares y de los arrecifes de coral, las fuentes de vida muriendo. Y por encima de todo esto, el cambio climático avanzando frente a la incapacidad de la humanidad de responder, una incapacidad civilizatoria para enfrentar su peor amenaza.

La incapacidad de la civilización actual para enfrentar los procesos que están deteriorando el planeta, este mundo que estamos heredando a nuestros hijos, radica en las fuerzas que se oponen a tomar las medidas necesarias para revertir las tendencias destructivas. Estas fuerzas destructivas se encuentran en los grandes poderes económicos que durante la segunda parte del siglo XX sobrepasaron el poder de los Estados.

Las grandes corporaciones tomaron dimensiones planetarias controlando globalmente en unas cuantas empresas la energía, los alimentos, la medicina, el transporte, etc., poderes económicos ue se convirtieron en superiores a las naciones. Poderes que han tenido la capacidad de infiltrarse en los Estados, en los organismos nacionales e internacionales para detener las políticas que afectan sus ganancias, las políticas que podrían velar y proteger los intereses comunes.

Hobes en su obra sobre el Estado tomó la imagen del Leviatan bíblico para representarlo, un inmenso monstruo marino invencible y destructor. Para Hobes, el Leviatan, el Estado, era la expresión de un contrato social, que daba muy poca libertad a los individuo. Pero el propio Hobes reconocía la posibilidad de que los individuos mismos pudieran derrotar a quien ejercía el poder del Leviatán, del Estado. En el momento que el Leviatán actuara en contra del conjunto de los individuos, en contra del contrato social que le había dado origen, los propios individuos podrían derrotarlo

Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó a formarse un monstruo que tomaría mayor poder que Leviatan, un monstruo surgido de la ambición y la avaricia de los grandes poderes económicos y de una maquinaria echada a andar sin ningún control. La concentración del poder económico ha creado un monstruo mayor al del Leviatán, una especie de Frankenstein descomunal que está devorando a Leviatán sin que haya fuerza humana que lo contenga, energizado con la avaricia. Se trata de un monstruo creado por el hombre, una máquina que ya no tiene quien la controle, la máquina sólo funciona si crea más ganancia y más ganancia, si no lo hace muere, a partir de ahí devora ecosistemas, devora hombres, mujeres y niños, hace la guerra, contrata políticos, científicos y ejércitos.

La Gran Corporación es el Frankenstein de nuestro tiempo, cualquier medida que afecte el crecimiento de sus ingresos, debe ser aniquilada. Su poder económico está ahí para negar la evidencia de que sus productos, sus prácticas, representan una amenaza para el medio ambiente o para la salud física o emocional de las personas; para pagar a los medios de comunicación para que promulguen su versión del mundo; para infiltrarse en los gobiernos; para financiar a políticos, a asociaciones civiles, a instituciones académicas; para formar nuevos profesionales a modo, tienen dinero para todo. Toman el poder del Leviatan y lo usan sin control. La finalidad es que nada afecte las crecientes ganancias, que deben mostrar cada tres meses. De tres meses en tres meses la destrucción avanza.

La comercialización de la vida bajo el reino de la cantidad y la ganancia, no deja lugar a los valores y aniquila la convivencialidad, la posibilidad de que lo que hace posible la vida cotidiana debería estar al servicio del hombre y no al servicio de objetivos ajenos a él, desaparece.

Si el Estado o un gobierno justifica su propia existencia es bajo el principio de que es o trata de ser la expresión del interés colectivo, de que es la manifestación de un acuerdo de los miembros de la sociedad para convertirse en la autoridad que vela por su bienestar común. Incluso, en la visión más negativa hobesiana de que el hombre es un lobo para el hombre, el Estado aparece como la forma de regular esa convivencia entre lobos, no a favor de un lobo mayor. Es esta función esencial de un Estado, que puede llamarse más o menos democrático, ésta labor de cuidar el bienestar común, el que se convirtió en una amenaza para las grandes corporaciones. Ya se trate de los Estados queriendo llegar a un acuerdo para reducir emisiones de gases de efecto invernadero para paliar el impacto del cambio climático o un gobierno nacional o local queriendo poner una regulación para evitar que la población enferme por una mala alimentación, los gobiernos se convierten en una amenaza a los intereses de las grandes corporaciones.

Desde la sociedad primitiva, la sociedad ha establecido mecanismos para evitar que el poder, la autoridad, se vuelva contra la propia sociedad. La antropología política ha estudiado esos mecanismos que en muchas ocasiones se han roto y han dado paso a sistemas despóticos. De muchos de esos sistemas despóticos se ha logrado salir, aunque sobreviven en varias naciones y hoy en día se vuelven una amenaza en varias más. Con el neoliberalismo se agudizó el debilitamiento del Estado del Bienestar y el poder lo han comenzado a tomar las grandes corporaciones, los grandes poderes económicos. Frankenstein devorando a Leviatan y convirtiéndose en un monstruo mayor y con una mayor capacidad destructiva.

Las expresiones de este proceso son muy diversas pero la más extrema se da hoy en día en el Imperio más poderoso del orbe, con la llegada de Trump y sus secuaces al gobierno de los Estados Unidos. La banda de secuaces está lidereada justamente por fuerzas del Frankenstein corporativo: directivos de petroleras y seudo científicos que niegan el cambio climático que han intentado ya una cacería de brujas en las instituciones públicas de los Estados Unidos de aquellos funcionarios que han participado en foros sobre cambio climático o están ligados a la promoción de las energías renovables; un cabildero de las refresqueras a cargo del gabinete sobre alimentación enfocado en acabar con las pocas políticas que se habían establecido en ese país para mejorar la alimentación de una población con los mayores índices de obesidad en el mundo desarrollado; el dueño de una cadena de comida rápida que llega a encargarse de la política laboral y que se opone a los derechos de los trabajadores; un seudo científico pagado por la industria petrolera encargado de la política ambiental que se opone a la ley de protección de especies y no reconoce el cambio climático. En fin, Leviatan devorado por Frankestein.

Los impactos de este Frankestein en los Estados Unidos se extenderán al resto del mundo, el duro golpe a los acuerdos internacionales para enfrentar el cambio climático, para regular las prácticas corporativas y combatir las formas de esclavitud moderna, para lidiar con las epidemias sanitarias, para enfrentar los conflictos bélicos desde el seno de las Naciones Unidas, etc, etc. Sabemos que Trump ha hablado demás, sabemos que no cumplirá sus amenazas de campaña, al menos, no como las planteó. Pero ahora sabemos quienes estarán en su gabinete y que éste no sólo es un retroceso muy grave, es una amenaza global, por más que Trump matice sus acciones estando ya en el poder.

La resistencia al Frankenstein-Leviatán corporativo se da en muchos frentes: es la resistencia por la democracia, por los derechos humanos, por los laborales, por el medio ambiente, por la salud, es la resistencia por un mínimo en la calidad de vida, por la dignidad. La resistencia se da a todos niveles y en el caso de los Estados Unidos hasta en las bandas escolares de Washington, D.C. que se niegan a participar en la toma de poder de Trump.

Alejandro Calvillo
Sociólogo con estudios en filosofía (Universidad de Barcelona) y en medio ambiente y desarrollo sustentable (El Colegio de México). Director de El Poder del Consumidor. Formó parte del grupo fundador de Greenpeace México donde laboró en total 12 años, cinco como director ejecutivo, trabajando temas de contaminación atmosférica y cambio climático. Es miembro de la Comisión de Obesidad de la revista The Lancet. Forma parte del consejo editorial de World Obesity organo de la World Publich Health Nutrition Association. Reconocido por la organización internacional Ashoka como emprendedor social. Ha sido invitado a colaborar con la Organización Panamericana de la Salud dentro del grupo de expertos para la regulación de la publicidad de alimentos y bebidas dirigida a la infancia. Ha participado como ponente en conferencias organizadas por los ministerios de salud de Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Chile, así como por el Congreso de Perú. el foro Internacional EAT, la Obesity Society, entre otros.
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