Alma Delia Murillo
Hasta yo tuve fantasías sexuales con ella esa noche. El traje negro que se ceñía con desesperación a sus redondeces y el par de botas que llegaban arriba de la rodilla le valieron un ascenso: la sacaron de la línea donde tomábamos llamadas inbound para colocarla en la recepción del piso directivo.
Era tan bajita que me empotraba en el mostrador de la tienda de abarrotes para llamar a la dependienta y pedir la lista de la compra que nunca pasaba de tres líneas en mi memoria: pan, azúcar, huevo.
Una mañana descubrí lluvia de polvo en el colchón, la grieta del techo había decidido pulverizarse y prodigarse sobre mi cama, el fino polvillo se acumulaba aquí y allá pero tenía algo casi intencional, ¿era una carita sonriente lo que la ralladura blanca de techo dibujaba sobre la colcha azul?
No tendría más de cuatro años, calzaba unas botitas amarillas y llevaba el pelo recogido en un chongo alto como bola de estambre a punto de desmadejarse.
“Estaba convencida de que, como chica obesa, tal vez llegaría a echar tres o cuatro polvos en mi vida, y que les dejaría el sexo ocasional a las chicas guapas y delgadas, para quienes estaba pensado ese pasatiempo (…).
Se desea el infinito cuando no se está lleno, cuando se va por la vida con una oquedad inmensa en el pecho. Y así se ama, inconmensurablemente.
No saber a qué hora llegarás a tu destino ni cuál calle amanecerá rota o en obra, no saber cuál de las sorprendentes jacarandas de tu vecindario habrá empezado a florear antes de tiempo.
En mi destartalada identidad de neurótica en eterno conflicto hay un eje que me sostiene, acaso el único pilar entero que tengo, y se lo debo a mi madre: ella me enseñó a decir gracias. Me enseñó a decir o a actuar un gracias con cada persona que fuera amable, que hiciera algo por mí, que me cediera el paso, el asiento en el camión o me dijera una frase cariñosa.
Nos hicimos adultos y no hay quien pueda salvarnos. Ni siquiera tú, Santa Claus tan generoso y orondo, ni siquiera el niñito Jesús que multiplicaba los panes y los peces pero que no puede acabar con el hambre en el mundo pero sí que multiplica el ticket promedio de las cadenas departamentales, las tiendas y los restaurantes.
Cuando apareció la foto del señor J.I. la señorita B deslizó su dedo a la derecha en la pantalla del móvil, lo encontró interesante y con pinta de hombre que sabe lo que quiere, uno de esos a los que cualquiera condecoraría con la insignia de buen partido.
Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.
¿Lo han visto? Sé que sí, me refiero a esa imagen que tal vez ahora mismo presencian y que pasará a la historia como la más icónica de nuestro tiempo: gente con la cabeza clavada sobre el teléfono, avestruces on-line, máquinas de buscar notificaciones de correo no leído, nuevos likes, mensajes en Twitter o menciones […]
Cuando todo es noticia nada es noticia. Cuando vemos mucho recordamos poco. Es este siglo ciego, este país de ciegos, estos tiempos de ciegos en que todo lo miramos sin ver nada. Estoy saturada. No puedo pensar. No puedo elegir. No puedo mirar. Antes de morir la abuela de mi amigo C estaba tan desequilibrada […]
El mundo sería otro si Profundidad, Complejidad y Paciencia fuesen las hadas posmodernas más socorridas en estos tiempos, o corrijo: si en los años 80 y 90 los padres hubiesen invocado a estas tres virtudes para que tocaran a los recién nacidos de entonces con su varita mágica. Pero precisamente la falta de estas tres […]
Los he visto en fiestas, restaurantes, ferias del libro, aulas, íntimos desayunos caseros y hasta en internet. Los he visto y, más veces de las que me gustaría admitir, he formado parte de esa conspiración malsana que, para los creyentes, podría ser catalogada como el pecado más sofisticado de cuantos existen pues es una combinación […]
A veces la belleza es tragedia. A veces, la belleza, cuando coincide con la orfandad o la violencia es la mayor de las tragedias. ¿Por qué será que los seres humanos tendemos a destruir, a consumir, a masticar hasta regurgitar y hacer mierda todo lo hermoso? ¿Por qué será que, particularmente algunos hombres, no pueden […]