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María Rivera

03/04/2025 - 12:01 am

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Una buscadora más ha sido asesinada, lo cual nos habla del estado de indefensión en el que han vivido desde hace muchos años quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos. Es una muestra del grado de descomposición en el que no existe ninguna justicia, no sólo para las personas desaparecidas, tampoco para quienes se atreven a buscarlos ante la inacción de las autoridades.

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Falleció Teresa González Murillo, líder de trabajadores del centro histórico de Guadalajara e integrante del colectivo Luz de Esperanza, tras ser herida en un intento de secuestro. Foto: Fernando Carranza García, Cuartoscuro.

Desde hace años, me parecen totalmente terribles las noticias sobre padres, madres y familiares buscadores de sus seres queridos desaparecidos que son, además, asesinados. Estos casos encarnan el completo fracaso de cualquier Estado. No sólo han desaparecido a sus familiares, sino que además, ante su búsqueda, son asesinados por ello. No importa que formen parte de grupos y que tengan cierta visibilidad, igualmente el crimen actúa impunemente para quitarles la vida.

Padres y madres que no sólo se vuelven incómodos para las autoridades, sino también para los criminales que se saben impunes. Casos que se volvieron, tristemente, en referencias de la impunidad. Es el caso de Marisela Escobedo quien en el año 2010 fue asesinada por exigir justicia para su hija asesinada, tras la imperdonable liberación del asesino confeso. La asesinaron, impunemente, frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua. También por esos años Nepomuceno Moreno, don Nepo, quien buscaba a su hijo desaparecido y se unió a las caravanas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad liderado por Javier Sicilia, fue asesinado en el año 2011 tras advertir que su vida corría peligro. Casos terribles que recordamos, cuando pensamos en el horror que ha acontecido en México.

Más recientemente, en enero del 2024 la buscadora guanajuatense Lorenza Cano, quien buscaba a su hermano desaparecido en 2018, fue secuestrada por un comando armado que irrumpió en su casa y asesinó a su esposo e hijo. Hace apenas unos días anunciaron que podrían haber encontrado sus restos y están en espera de una confirmación tras realizar estudios genéticos.

Hoy, nos enteramos que la buscadora Teresa González Murillo, tras estar grave por haber sufrido un intento de secuestro en su casa y ser herida de bala, perdió la vida. Teresa buscaba a su hermano desaparecido en Guadalajara y formaba parte del grupo de buscadoras de Jalisco “Luz de esperanza, desaparecidos de Jalisco”. La Fiscalía estatal investiga su caso por robo y descarta que el móvil tenga que ver con la búsqueda de su hermano… Lo cierto, querido lector, es que una buscadora más ha sido asesinada, lo cual nos habla del estado de indefensión en el que han vivido desde hace muchos años quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos. Es una muestra del grado de descomposición en el que no existe ninguna justicia, no sólo para las personas desaparecidas, tampoco para quienes se atreven a buscarlos ante la inacción de las autoridades.

También, evidentemente, nos habla del verdadero grado de violencia que se vive en el país, aunque durante el último sexenio el Gobierno haya soslayado el tema, a diferencia del nuevo gobierno que ha cambiado totalmente la narrativa. De hecho, déjeme le digo que tantos operativos, decomisos y detenciones que han estado llevando a cabo recientemente la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y las fuerzas militares, me recuerdan a los años de la guerra calderonista. Por supuesto, no opino que esté mal, sólo señalo lo obvio: la política de seguridad ha dado un giro de ciento ochenta grados en el Gobierno de Claudia Sheinbaum, quien parece haber jubilado el “abrazos no balazos” de López Obrador para enfrentar a los grupos criminales. Quién sabe si sea en buena medida por la presión de Trump, o gracias a la ayuda de Trump, o por una decisión soberana de la Presidenta Sheinbaum, pero lo que estamos viendo ahora, con impresionantes decomisos como el que hace poco se llevó a cabo en Tamaulipas de un buque con millones de litros de diésel robado, nos habla de que algo distinto está ocurriendo en el país. La incautación de ranchos en el Estado de México, también recientemente ocurrida, apunta en la misma dirección.

¿Realmente habremos ya regresado a la lucha contra el crimen organizado? ¿Y esa lucha será distinta a la que otros gobiernos han sostenido? No sé, querido lector, uno se queda pensando después de tantos años de horrores, incluida una “guerra contra el narco” que en realidad era la guerra de un Secretario de seguridad contra otros narcos, si esta vez saldrá bien el asunto.

Por lo pronto, este giro palpable en la narrativa es sorprendente tras la imposición de la narrativa lopezobradorista de que la violencia no era un tema de importancia salvo para los “carroñeros” de la oposición y claro, las víctimas.

Lo que nomás no cambia, y parece que no va a cambiar nunca, es la protección que políticos y funcionarios se dan entre sí, cuando son acusados de atacar mujeres. Ya sean del PRI o de Morena, lo mismo da. Casos bochornosos como la defensa morenista de Cuauhtémoc Blanco para que no perdiera el fuero y fuera juzgado como cualquier otra persona, sólo apuntan a que son los mismos de siempre, incluso cuando una mujer gobierna, digan lo que digan. Una mafia protegiendo a los suyos, por encima de la justicia, la decencia, y claro, las mujeres. Una vergüenza, por donde se le vea. Aunque hay que decir, en honor a la verdad, que Morena no se ha distinguido nunca por su espíritu feminista. De hecho, López Obrador convirtió a los grupos feministas en un enemigo más de “la derecha”. Nunca me va a dejar de sorprender que una mujer llegara a ser su candidata a la presidencia, la verdad.

Ojalá que la Presidenta Sheinbaum piense que cuando dice “llegamos todas” significa todas, es decir, también aquellas mujeres que son atacadas por políticos de su propio partido. Digo, para que no sea sólo retórica su entusiasmo feminista ¿no cree?

María Rivera
María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

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