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Fabrizio Mejía Madrid

27/02/2025 - 12:05 am

Gaza

¿Qué voy a opinar yo de Gaza si cuando escucho un avión mi reflejo no es agacharme en anticipación del estruendo de la bomba que está a punto de arrojar sobre mi casa?

¿Qué voy yo a decir de Gaza, un mexicano que vive en un islote democrático y con un Gobierno a favor de los más pobres? Nada. Si acaso que pasamos de la idea de que podíamos parar el genocidio de los palestinos con mensajes en redes o boicots que sólo demostraron la patológica sumisión de nuestras universidades a todo lo que huela a poderoso, de eso, a la impotencia más absoluta, a que la solución llegue algún día, quién sabe cómo y por quién. ¿Qué voy a opinar yo de Gaza si cuando escucho un avión mi reflejo no es agacharme en anticipación del estruendo de la bomba que está a punto de arrojar sobre mi casa? ¿Qué voy a sentir por Palestina si ya tiene rato que paso rápido los videos de los niños muertos y los hospitales en llamas? Nada. Es porque me he quedado sin nada que decir, opinar y sentir por lo que esta columna recoge las voces de ellos, de los palestinos que están viviendo la catástrofe contínua y que, aún así, están seguros de que no se irán de lo que ha sido su tierra durante cinco mil años. Para quienes no irse es una obligación moral.

Empecemos con el dramaturgo Hossam Madhoun, que ha escrito un diario en cuya entrada del 23 de noviembre de 2023 se lee: “Ella estaba colgando la ropa de su hijo muerto en el tendedero, como si nada hubiera pasado. Lavó la ropa de su hijo muerto y la puso a secar al sol para que cuando regresara pudiera ponérsela. La miré y busqué las palabras que explicaran lo que siente, lo que piensa. No pude encontrarlos. Perdió a su marido y a su hijo de seis años. El hijo fue encontrado y enterrado, y el marido todavía estaba bajo los escombros con otras catorce de las treinta y siete personas”. Más adelante, hace un breviario de cómo el sentido del oído se agudiza con las bombas. Escribe Madhoun: “El sonido del cohete impacta, muy fuerte, muy agudo. Es tan rápido que si te golpea, no lo oirás. Cualquiera en Gaza que escuche el cohete sabe inmediatamente que ha alcanzado a otras personas, dejando tras de sí muerte y destrucción. Si lo escuchas, entonces sabes que sigues vivo. Hay una manera de sobrevivir el bombardeo. Sentado en la oscuridad, tratando de ignorar los fuertes sonidos de la muerte y concentrarse en los pequeños sonidos de la vida”.

Lina Mounzer, escritora libanesa, escribe con el estilo de quien tiene derecho a la indignación: “Este genocidio, esta ocupación, es sobre quién tiene derecho a estar enojado, y por qué, y cómo se puede gastar la ira cuando es un pueblo entero que está furioso, furioso por el presente pero aguijoneado con la furia bíblica por los fantasmas del pasado. La ira israelí siempre ha sido vista como justa y arraigada históricamente, mientras que la ira palestina surge simplemente de una barbarie innata y sin causa. Si algo nos ha enseñado la historia reciente de las guerras occidentales es que si la ira es lo suficientemente justa, entonces cualquier violencia nacida de esa ira también lo es. Por lo tanto, puedes involucrarte en una matanza masiva y permanecer prácticamente libre de culpa ante los ojos del mundo”.

El médico palestino, el Dr. Belal Aldabbour escribió el 11 de octubre de 2023 en su cuenta de la red X: “Pronto se agotará el último tramo de electricidad y conexión. Si muero, recuerda que yo, nosotros, éramos individuos, humanos, teníamos nombres, sueños y logros, y nuestro único defecto fue que simplemente nos clasificaron como inferiores”. El 20 de enero de 2025 escribió de nuevo: “He sobrevivido el genocidio físico, pero estoy arruinado en mi interior”.

En un diccionario de la debacle, Mosab Abu Toha, el poeta que creó la Biblioteca Edward Said, escribe: “Hablo árabe e inglés pero no sé en qué idioma mi destino está escrito. Un poema no son sólo palabras colocadas en una línea. Es una tela. Mahmoud Darwish quería construir su hogar, su exilio, a partir de todas las palabras del mundo. Tejo mis poemas con mis venas. Quiero construir un poema como un hogar sólido, pero ojalá no con mis huesos. ¿Cómo te llamas? Mosab. ¿De dónde eres? Palestina. ¿Cuál es tu lengua materna? Árabe, pero está enferma. ¿Cuál es el color de tu piel? No hay suficiente luz para ayudarme a ver. El nombre de mi hijo es Yazzan. Nació en 2015, o un año después de la guerra de 2014. Así es como fechamos las cosas. Una vez vio un enjambre de nubes. Gritó: “Papá, hay bombas. ¡Cuidado!". Pensó que las nubes eran humo de bomba. Incluso la naturaleza nos confunde. En agosto de 2014, Israel bombardeó el edificio administrativo de mi universidad. El departamento de inglés quedó en ruinas. Mi ceremonia de graduación se pospuso. Asistieron las familias de los muertos, para recibir no un título, sino un retrato de sus hijos”.

En otra entrada del diccionario describe: “Gaza es ese lugar donde puedes encontrar a un hombre plantando una rosa en el espacio hueco de una bala de tanque sin explotar, usándola como un jarrón”.

El historiador, Ilán Pappé, trata de pensar a Palestina como una historia de quienes han querido borrar no sólo su existencia física en el presente, sino su historia milenaria: “Palestina, como unidad geopolítica coherente, se remonta al año 3, 000 a.C. Desde ese momento en adelante, y durante otros mil 500 años, fue tierra de los cananeos. Alrededor del año 1, 500 a. C., la tierra de Canaán cayó bajo el dominio egipcio, no por última vez en la historia, y luego con éxito bajo el dominio de los filisteos (1200–975), israelitas (1000–923), fenicios (923–700), asirios (700–612), babilónicos (586–539), persas (539–332), macedonios (332–63), romanos (63 a. C.-636 d. C.), árabes (636-1200), cruzados (1099-1291), ayubi (1187-1253), mameluco (1253-1516) y dominio otomano (1517-1917). El movimiento sionista que nace en Alemania en 1882 hace entonces referencia a un siglo de dominación israelita dentro de una historia de cuatro milenios. En la geografía del sufrimiento que es Palestina, sus habitantes no se ven a sí mismos como víctimas, sino como personas que todavía esperan ganar su batalla por la libertad y la justicia. Esta historia de setenta años es una Nakba en curso, o la “catástrofe” en curso, y al mismo tiempo los palestinos se ven a sí mismos en una lucha constante por la supervivencia, una especie de intifada (resistencia) en curso. No son héroes que necesariamente derrotaron a sus enemigos, pero sí derrotaron al derrotismo, que es una de las razones de ser de la actual resistencia. Es posible que la Palestina exiliada y la Palestina ocupada sean un mismo espacio: puedes ser un palestino exiliado dentro de la Palestina histórica, viviendo a menos de una milla de tu pueblo original que ya fue colonizado y judaizado ante tus ojos, o estar en un campo de refugiados en la Franja de Gaza o Cisjordania, además de estar vigilado y asediado”.

En el mismo sentido ha reflexionado Karim Kattan, cuando narra cómo una universidad en Suiza le llama para solicitarle que no hable de Palestina, aun siendo un autor de esa Nación y sobre todo porque está invitado a presentar su novela precisamente sobre Palestina. Escribe Kattan el 21 de octubre de 2023: “Durante años hemos sabido que nuestra humanidad, como palestinos, era condicional a los ojos del mundo, e incluso cuando se concedía, nunca se reconocía plenamente. Ocasionalmente se nos concedía este privilegio si éramos educados, reservados, casi invisibles. “Pero éste era un niño”, les quiero decir, “y éste un adulto”. No una cosa destinada a sufrir una muerte espantosa en una ciudad devastada, sino un niño que habría crecido junto al mar, que habría sido, tal vez, un buen nadador y malo en matemáticas o habría llegado a amar realmente los autos o la cocina. “Y esto”, quiero decirles, “era un edificio de viviendas, éste un restaurante a la orilla del mar, ésta una casa con un jardín, donde alguien jugaba o se peleaban en la cocina, y todo esto desapareció. En los medios de comunicación, Gaza es una abstracción, un espacio diseñado para la muerte violenta de un pueblo abstracto que lo habita. Esta muerte llega a manos de una fuerza natural e impersonal, que no es Israel”.

La periodista Dena Takruri y la activista Ahed Tamimi hacen esta viñeta que da una idea de la opresión que Israel ejerce sobre Palestina. Las dejo hablar:

“El ejército israelí introdujo un nuevo método de control de multitudes: el agua de zorrillo. Es difícil describir con palabras el hedor pútrido del agua de zorrillo, porque no se parece a nada que hayas olido antes o después. Pero lo intentaré de todos modos. Imagínese el olor de un par de calcetines arrancados de los pies de un cadáver en descomposición y empapados en aguas residuales durante días. Esa es agua de zorrillo. Nadie tenía idea de qué era cuando hizo su debut en mi pueblo. Estábamos marchando en una manifestación pacífica ese día cuando me di cuenta de que todos miraban con asombro un camión cisterna blindado equipado con un cañón giratorio. Estaba arrojando potentes chorros de agua por todo el pueblo. Una de las muchas consecuencias horribles de los Acuerdos de Oslo es que dieron a Israel el control total del suministro de agua en Cisjordania. En el mejor de los casos, sólo tenemos unas doce horas de agua corriente a la semana, en comparación con el suministro de agua de veinticuatro horas al día (más piscinas) del que disfrutan los colonos de Halamish, al otro lado de la carretera. Es una de las razones por las que la pérdida de nuestra primavera fue tan devastadora para nosotros. La naturaleza sádica del agua de zorrillo es que su hedor persiste durante días, no sólo en el cuerpo y el cabello, sino también en la calle, un hedor que parecía activarse aún más con el rocío de las mañanas. Fue inventado por una empresa israelí llamada Odortec, que se autodenomina una empresa "verde" y llama a su producto "100 por ciento seguro para personas, animales y plantas”

El cineasta Saeed Taji Farouky da otra dimensión del horror: el intento de desaparecer las imágenes de los palestinos. Escribe: “La memoria es necesaria. Al igual que otras culturas que se resisten a la limpieza étnica, recordar es un deber, aunque preferiríamos olvidarlo. Los soldados sionistas robaron cajas, álbumes, archivos enteros de fotografías y documentos de los hogares de familias palestinas durante las guerras de 1948 y 1967 (y, sin embargo, de alguna manera tiro yo a la basura viejas fotografías familiares sin mucha vacilación). En 1982, el ejército israelí robó el archivo cinematográfico palestino cuando se retiraba de Beirut y nunca fue recuperado. De vez en cuando aparecen imágenes de ese archivo en un documental israelí o en un segmento de noticias de televisión, entonces es como ver un vídeo de rehenes. Es una prueba de vida, sí, pero un recordatorio de que su ser querido todavía está cautivo”.

El poeta Mohamed El-Kurd cuenta este recuerdo de su infancia en una de las primeras limpiezas étnicas tras la invasión israelí de 1948. Escribe: “Una caballería vino a confiscar nuestros globos. Parecían ridículos al bajarse de sus altos caballos para subir a la escalera de los colonos, desenredando los globos de los cables eléctricos. Nos reímos todo lo que pudimos ante los gases lacrimógenos. Hay un circo en su brutalidad. En el interrogatorio me preguntaron cómo nos atrevemos a pintar banderas palestinas en la cara de los niños. Me preguntaron ¿cuál es tu problema con la policía? Nada, respondí. Nada más que las esposas en mis manos y pies. Los moretones y las culatas de sus rifles. Están arrestando a todos y a mi madre. Arrestando palos de escoba y burros. Arrestan a colegialas con banderas palestinas. Nuestro querido sistema de altavoces, también. Un papalote, un sombrero, mi límite para el asombro”.

Quisiera terminar con los poetas. Igual que muchos países colonizados, como México, la poesía es un escape de un lenguaje que es anterior a su propio sentido. Es la palabra preferida de la resistencia. Traigo acá un poema de Noor Hindi que se llama: “A la mierda con tu conferencia sobre las artesanías, mi gente se está muriendo” y dice: Los colonizadores escriben sobre flores/ Yo les hablo de niños que tiraban piedras a los tanques israelíes, segundos antes de convertirse en margaritas/Quiero ser como esos poetas que se preocupan por la luna. /Los palestinos no ven la luna desde las celdas y las prisiones. /Es tan hermosa, la luna. /Son tan hermosas las flores./ Recojo flores para mi padre muerto cuando estoy triste/ Miraba Al Jazeera todo el día. Ojalá Jessica dejara de enviarme mensajes de texto con lo del “Feliz Ramadán”. /Sé que soy estadounidense porque cuando entro en una habitación algo muere. /Las metáforas sobre la muerte son para poetas que creen que a los fantasmas les importa el ruido/ Cuando muera, prometo perseguirte para siempre/ Y algún día escribiré sobre las flores como si fueran nuestras.

El último poema es de Zeina Azzam que se viralizó en las redes en los días de las huelgas de los hijos de la élite académica de los Estados Unidos. Dice: “Escribe mi nombre en mi pierna, mamá/Usa el marcador permanente negro con la tinta /que no sangra si se moja, la que no se derrite si se expone al calor /Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /Haz las líneas gruesas y claras y agrega tus florituras especiales /para que pueda consolarme al ver la letra de mi mamá cuando me vaya a dormir/ Escribe mi nombre en mi pierna, mamá, y en las piernas de mis hermanas y hermanos /De esta manera estaremos juntas /De esta manera seremos conocidas como tus hijas /Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /y por favor escribe tu nombre y el nombre de Baba en tus piernas /también para que seamos recordados como una familia/ Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /No agregues ningún número/como cuando nací o la dirección de nuestra casa /No quiero que el mundo me incluya como un número /Tengo un nombre y no soy un número / Escribe mi nombre en mi pierna, mamá /Cuando la bomba golpee nuestra casa /Cuando las paredes aplasten nuestros cráneos y huesos/nuestras piernas contarán nuestra historia/ de cómo no había ningún lugar a dónde huir”.

Fabrizio Mejía Madrid
Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.

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