Jorge Alberto Gudiño Hernández
Responder a todo
"No me resulta atractiva la idea de hacerme popular a fuerza de contestar lo que no sé, no puedo o no quiero. Ni modo, tal vez me equivoque".

A uno le preguntan y uno contesta. Aparece un nuevo tema noticioso y uno se da vuelo en las redes sociales. Así que uno responde, incluso, sin que le pregunten. Se mete en discusiones sin futuro con los papás que esperan a que sus hijos terminen el entrenamiento, sentado en incómodas gradas. Asevera con contundencia. Hay quienes manotean, alzan la voz, hacen válida la respuesta a la fuerza. Se responde con una certeza tremenda, sin que haya habido un proceso previo de reflexión.
Pero no todas las preguntas son polémicas. A veces basta con que el hijo mayor inquiera respecto a un tema particular. Da igual, uno responde. Ni modo de quedarse callado.
Sumo preguntas complejas en mi haber. ¿Qué bandera es más bonita, la de Antigua o la de San Vicente? Alguien responde aunque no tenga idea del dibujo ni los colores. ¿Todo lo que está en el espacio es también naturaleza? ¿Cómo se define la vida? ¿Quién decide en qué lugar se sientan los diputados el primer día? ¿Hay soldados buenos? ¿Cuántos leones se necesitarían para matar un dinosaurio? ¿Para qué sirven los pellejos? Mi favorita: ¿por qué es que pasa el tiempo?
Y uno responde.
Y se equivoca, sin duda. Básicamente, porque no es fácil reconocer la propia incapacidad. Eso no significa que no se puedan hacer conjeturas, como en el caso de los leones y los dinosaurios, o establecer una discusión en torno a las definiciones sobre qué es la naturaleza, o averiguar cómo se ponen de acuerdo las bancadas. Pero, para eso, lo primero que se requiere es aceptar que uno no sabe, que se es ignorante. Sólo así se puede emprender una cruzada por el conocimiento. Sólo así se pueden sentar padre e hijo a leer cuestiones sobre el espacio-tiempo.
Hay quienes se evaden con un “porque sí”, pero eso tampoco es una respuesta.
En un afán por ser claro, suelo decirles a mis alumnos que yo estoy dispuesto a contestarles cualquier cosa que me pregunten siempre y cuando se cumplan tres condiciones: que sepa, que pueda y que quiera. Suelen reírse ante la tercera.
Considero que no son condiciones difíciles de seguir. Si no sé la respuesta, lo anuncio. Así, mi ignorancia es tremenda, porque encadena un montón de “no sés”. A veces me preguntan cosas que no puedo responder, por respeto a la privacidad de alguien más. Uno evita ser generador de chismes o vulnerador de la confidencia de los otros. También sucede que no quiero contestar. Son las menos, pues las preguntas no suelen entrar en esos terrenos de lo íntimo. Sin embargo, sucede y lo hago saber.
A la larga, eso me deja con pocos interlocutores. Creo que está bien. No me resulta atractiva la idea de hacerme popular a fuerza de contestar lo que no sé, no puedo o no quiero. Ni modo, tal vez me equivoque. Y ésa es una pregunta que aún no sé cómo responder.
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