
De las muchas fuerzas que jalonean en este mundo, y que no entiendo, hay una que particularmente me es ajena: el afán de poder que impulsa a los políticos. Entiendo el discurso superficial, ese “deseo de servir" que pregonan y en el que, por supuesto, no creo, e incluso no me causa ninguna dificultad comprender lo que dice la versión clásica de la política: el llevar adelante una determinada idea de lo que debe ser el hombre, un proyecto social en el que se pondera esto y se le resta importancia a esto otro. Pero lo que se me escapa es lo que quiere una persona cuando quiere el poder.
Entiendo también -no soy la encarnación de la inocencia- que el poder trae aparejadas algunas ventajas de entre las que destacan el dinero, cantidades inconmensurables de dinero, y por supuesto el servilismo de quienes rodean al poderoso acatando, prestándose y haciendo cuanto a éste se le ocurra; pero estos beneficios -que sin duda han de reportar placeres que ni en mis sueños más estrambóticos soy capaz de imaginar- son derivados, secundarios, efectos colaterales que no terminan de explicarme lo especial del afán de poder, pues, supongo, que hay algo más y no sólo lacayos y dinero.
¿A qué huele esa fruta que mi anosmia especifica me impide comprender? El dinero me gusta, no lo niego, pero en esas cantidades... la verdad, se escapa de mis entendederas: esas sumas que suelen robar se me antojan absolutamente inmanejables y, luego, no concibo, el gusto que pueda producir estar rodeado de lambiscones que sólo esperan una mejor oportunidad para dar la espalda a quien un momento antes veneraban: porque sí hay algo que caracteriza a quienes conforman el séquito del poderoso es su condición de traidores potenciales o, al menos, eso enseña la historia. A mí me resultaría tan incómodo que me rodearan personas con esa actitud rastrera del absolutamente incondicional, y más que agradarme me repugnaría estar en el centro de un besamanos o que alguien me espetara lo que Fidel Velázquez dijo una vez a Lopez Portillo: "Con usted, señor Presidente, hasta la ignominia y más allá...” ¿Más allá qué queda?, ¿la abyección?
Definitivamente, soy un sujeto raro, pues veo en mi derredor y hay tantos con vocación política. Habrá alguien que de buena fe y sinceramente me pudiera decir ¿cuál es el móvil, qué es lo que en el fondo quiere quien aspira al poder?
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@oscardelaborbol
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